"La imaginación está hecha de convenciones de la memoria. Si yo no tuviera memoria no podría imaginar". Jorge Luis Borges

domingo, 10 de diciembre de 2017

La última violeta

Un boceto de Roque Vega

LA ÚLTIMA VIOLETA
Por don Pedro de Mendoza hacia Necochea,
la niebla trasnocha el puente  silenciando  el paisaje.

El piringundín transita una noche más.
Un fueye gime tangos presagiando la mañana. En frenética danza todos intentan retener la magia del lugar bebiendo  el  último resto  de soledad.
Olga, simula una sonrisa, entrega el ramo de violetas. La mujer lo toma sin dejar de abrazar al circunstancial amigo. Este, sin levantar la vista deja varias monedas sobre la mesa.
Olga agradece, retirándose hacia el fondo del salón.
-¡Violetas! ¡Violetas  señor!
¡Violetas para una bella dama!
Andrés, entre besos y caricias solo vio la mano de la mujer tomando el dinero.
 Ahora, la observa alejarse entre  humo y risas.
-¡Otra copa! Dice su amiga sin dejar de besarlo.
Andrés  mira hacia el fondo del salón, sabe que es ella. Bebe el champán fantaseando la caricia del recuerdo.
Es madrugada.
Paso lento, manos en los bolsillos. El frio lo obliga  a levantar el cuello del sobretodo. Hoy al igual que ayer, busca su esquina ¡Necesita apoyar el cansancio!

Acelera el paso.
 -¿La viste? ¡Es un miñón! ¡La rubia, esa,  la que vive en la casona!
¡Si, flaco! ¡Te lo dije ayer! ¡Un miñón!
Andrés, restrega las rodillas y el pantalón cubierto de tierra. Debajo el brazo trae la pelota.
Dos pasos más atrás y olvidando el gol o tal vez ese que no fue penal, Cacho y el Tano murmuran sobre el rayo de sol que enmarca el rostro de la piba.
-¡Cache en dié, Rulo!¡Siempre igual! ¡Me lo decís ahora lo del partido! ¿A qué hora mañana? ¡Tengo que decirle a la vieja, que voy a llegar más tarde!
¡Se arma! ¡Si no estoy en casa cuando llega el viejo!
 ¡El sábado el baile en lo de Oscar! ¡Él lo armó! ¡La hermana le hizo puente, invitó a la rubia! ¡Olga se llama!
Andrés asiente sin hacer gesto alguno.
La esquina se desdibuja en la tenue luz del farol. Apoya el recuerdo sobre el  paredón, hundiéndose en el cielo de su adolescencia.
Recuerda el día que la vio por primera vez, estaba parada junto a la puerta del caserón. Fue cuando regresaba del partido. Solo se miraron. El último rayo encendió la tarde sobre sus tranzas.
Diagonales de la vida le juegan espejismos. La llovizna ensordina la memoria del tiempo.  La sombra de la mujer le sonríe igual que aquella tarde.
 Olga se acerca acariciando su corto y encanecido cabello, dice:
-¡Andrés!¡Fue aquí! ¿Recordás?
Ahora junto a este puerta viven  mi sombra y tu ausencia!¡Resguardo entre las manos  mi corazón apenas estrenado!  Sonríe al descubrir la última violeta perdida en la diminuta canasta.
Sus envejecidas  manos la toman, llevándola a la solapa del sobretodo de Andrés y  dice: - ¡No temas, ambos estamos a un costado del tiempo! ¡Eso fue hace muchos atardeceres!
 ¡Te vi! ¡Tu amiga reía! ¡Reía y bebía! ¡Ella también, al igual que yo, te ofrece lo que jamás tuvo!
¡No! ¡No! ¡Te estoy mintiendo! ¡Es culpa del cansancio! ¡Porque al juntar nuestros labios roce el amor! ¡Los besos que te di, fueron una ofrenda! ¡Los otros besos, solo los presté en la soledad del amanecer!
 ¡Estas manos que acariciaron tu rostro, ahora tocan frías monedas en un gastado bolsillo de sacón!
Recuerdo la absurda despedida, nuestra inmadurez, tu cobardía en aceptar el niño y mis ganas de luchar.
 ¡Acercate, Andrés! ¡No temas!
¡Es que, nuestro olvido fue previo al comienzo! Luego la lluvia se llevó todo!
¡Con que celo guardaste el secreto! ¡Con infinita vergüenza negaste nuestro amor!¡Es más, jamás volví a saber de vos!
¡Cuánto añoso viento sobre nuestras vidas! ¡Muchas veces el destino nos obliga a mirar hacia atrás. Entonces  entramos en ese tiempo sin después
 -¡Violetas! ¿Violetas señor?
¡Un delicado ramito para su hermosa dama!
Andrés no la mira. Esconde el rostro sobre el pecho de la circunstancial amiga y ríe.
El eco de la ausencia gime entre el trasnochado fueye y las monedas recién levantadas  de la mesa.
Olga gira, los ve beber, abrazarse.
Amanece.
Rumbo a Barracas el monótono chirrear del tranvía 20.
Cuenta las monedas ganadas.
Recuerda la voz de Andrés jurando amor, junto a la canchita de Olavarría.
¡Luego el adiós, la huida, matar el sueño! ¡Después, sus noches sin trenzas, noches de copas, abrazos, señores y más señores a quienes mentirle lo que le faltó! 
Desciende del tranvía.
La bruma de la madrugada reaviva  la imagen de aquella  esquina. Cuando abrazados le decía:
-¡Sos mía! ¡Mía por siempre! ¡Olga, la de las trenzas doradas de sol!     

lunes, 27 de noviembre de 2017

Don Francisco

Un boceto de RoqueVega

DON FRANCISCO
…Francisco y Pilar, llegaron de Finisterre  por el treinta y tantos
instalándose en La Boca, hasta convertirse en parte de ella…
Roque Vega

El almacén con despacho de bebidas es parte del  barrio. Está  en la esquina de Garibaldi, sobre la cortada que va hacia el río. Ese edificio y Don Francisco son  la misma cosa.
Al entrar el gran mostrador con cajones vidriados, exhibiendo fideos, azúcar, arroz. Sobre  el costado izquierdo la balanza, junto a  los cobertores de cristal para el dulce de batata. Sobre las latas de galletitas, cuelgan los jamones.  Junto a la puerta chica, el expendedor de kerosene.
Detrás de la desteñida pana roja, el despacho de bebidas. Una docena de mesas, gran  estaño. Frascos con aceitunas y maníes. La máquina de café. El tirador de cerveza.
Junto al Almacén,  la puerta que lleva a la vivienda familiar. Mil veces fui con los muchachos hasta esa puerta. Es que los hijos de don francisco juegan bien al futbol. Y en este barrio es muy importante. Desde la primaria que venimos jugando el inconcluso campeonato con sabor a baldío de la esquina. Los domingos a la mañana  la purreteada con sus viejos y hermanos festejamos los goles. El baldío fue nuestra bombonera de la infancia.
Luego del partido,  el bullicioso mediodía del convento. Asado o fideos. Todos a la mesa y aquellos programas  de radio mientras esperábamos el partido de la tarde.
De eso hablaré después,  ahora, quiero contarles de don Francisco y Pilar. Los viejos de Carlos y Alberto, los pibes del almacén.
Don Francisco, hombre de palabra, su conducta lo llevó a  ganarse el cariño y respeto del barrio.
Según  chamuyan sus hijos, es exigente con horarios, estudios y educación.
Por este barrio la magia transita sus calles diariamente, algunos de ellos son mas mágicos;  cuando todo fluye como el aire entre los árboles. Fue en uno de esos días que me enteré. Nadie sabe lo que escuché.
Sentados a una mesa del despacho de bebidas Don Francisco hablaba con un señor. Tomándole las manos le dijo: -¡Que Dios nos perdone!
Un segundo después llego Pilar, sentándose  a la mesa junto a ellos.
Don Francisco continuó: -¡Pilar era mía, antes de aparecer ese mocito!
El Cabo(*) es testigo de nuestro secreto amor. Ella, una niña de quince años, y la casaban por la fuerza. Yo veintidós y enamorado como los pájaros de la aurora.
Eso es Pilar para mí,  la aurora de mi vida la plenitud del sol que hace germinar la naturaleza.
¡Dime! ¿Quién puede frenar el ímpetu de dos enamorados? ¡Fue un amor prohibido, un gigantesco torbellino! ¡El fuego de un volcán, entre ojos acusadores!
¡Luego aquella noche! Corrimos camino abajo, la estación de trenes, el puerto y esos interminables días en medio de la tormenta.
Viajamos abrazados, casi sin hablar, ambos escapados, y yo el ladrón.
Le robé la dicha a ese mocito, que apenas conocía.
Lo ves, para continuar, fue necesario que ambos dejáramos el pasado en otro lado, más allá del mar, y así fue.
Asustados  ante esta ciudad, caminamos hasta salir del puerto. Apenas algunas cosas  logramos sacar aquella noche. Nos hundimos por el camino nuevo mirando  aquí y allá, Dios nos llevaría hacia algún destino. Y fue así que al llegar a Pinzón el  cartel: - “Se alquila pieza y cocina”- nos dio el primer respiro.
Nos atendió la Señora Aida, al mirarnos supo de nuestra ansiedad; tal vez presintió el secreto. Su marido, era dueño de un almacén y despacho de bebidas en la Av. Patricios. Dos días después  yo estaba trabajando  en ese local.
Con el tiempo y la convivencia nació una buena amistad. Luego, Pilar comenzó con su trabajo de costura.
Cuando compramos este local, los niños eran pequeños.
A pilar le brillaban los ojos, cuando  don Francisco, señalando al desconocido, dijo: -¿Recuerdas mujer al más pequeño de tus hermanos? ¡Antes de escapar lo abrazaste muy fuerte!  Ambos le mentimos diciendo que íbamos por golosinas.
-¡Oye, pequeño, no hagas bulla, no digas nada! ¡Solo silencio y aguarda tranquilo aquí! ¡Te traeremos muchas golosinas!
El niño quedó junto a la ventana. Unos pasos por el camino y le enviaste un beso al roce de tu mano. Luego, corrimos hasta desaparecer.
Cuantas veces lo pensamos: -El niño  habrá quedado esperando junto a la ventana. Hasta que la mañana se encargó de la verdad.
Rodaban las lágrimas por el rostro de Pilar cuando don Francisco señalando al desconocido le dijo; -¿No lo abrazas, mujer?
¡Abrázalo! ¡Aun  espera la golosina de tu cariño   

(*) Cabo de Finisterre - Galicia

sábado, 18 de noviembre de 2017

Las Brazzi

Un boceto de Roque Vega

LAS BRAZZI
Roque Vega
“Fue un tiempo de barcos, acordeón y marineros”

Las Brazzi,  viven en la cortada Parker a mitad de cuadra. Al lado del despacho de vino y aceite.
Ellas pertenecen a la memoria del barrio. Se las visita en momentos muy especiales, son bordadoras y planchadoras de ropa fina.
Cuando se las necesita,  Betty es la que atiende. Seria de pocas palabras.
Bibi, la mayor, no se deja ver. Siempre en la zapie, borda y plancha,     mira de reojo y continúa en su quehacer.
Violeta, es la excepción, no hay chisme del barrio  que  se le escape. Es coqueta.  Labios  exageradamente  pintados. El rouge algo  pasa los limites.  
Siempre dispuesta  para ayudar a los vecinos. Sonriente.  No es como las hermanas: -¡Esas son amargas, me aburren! –lo repite a cada rato.
Va de aquí por allá con su gastada bolsa para los mandados.
¡Qué Dios nos libre de encontrarla  en la panadería, almacén, porque puede quedarse hasta el anochecer.
Al entrar  a la casa aun sin haber descargado la mercadería comienza a recitar el rosario de chismes: Que el hijo del doctor ¡Y la maestra, mejor ni hablar¡ ¡Claro! ¡Ustedes siempre aquí adentro, si no fuese por mí, vivirían en el limbo!
Betty y Bibi la miran de reojo y continúan bordando y planchando. Les molesta la alegría de Violeta. Ella  canta, tararea tangos tras tango, y no solo eso, también sabe las canciones de moda, esos enloquecedores ritmos de ahora.
Las vecinas comentan cosas de las Brazzi.
Con ellas vive su sobrino. Mariano, excelente jugador de futbol, un defensor de primer nivel. Este año termina el secundario.
Desde siempre Violeta mima a Mariano: las vecinas la recuerdan paseándolo por la escollera, cochecito va, cochecito viene. Acompañándolo al cine. Aquel domingo cuando vino el circo. Violeta no faltó a ninguna fiesta del colegio. Jamás dejó de hacer la torta con velitas para los cumpleaños. Tardes enteras junto a Mariano  en la calesita de la plaza Matheu.
Un budincito, el trozo más grande de pizza, unos pesos que escabulle de los mandados. Ella tapa a Mariano en sus pillerías de adolescente. 
Está orgullosa de él por sus calificaciones: -¡A este chico le da el Bocho! – ¿A quién habrá salido? Seguro que no es por el ejemplo de la casa!  ¡Porque nosotras tres  andamos siempre de corte, lo digo por eso de las luces!
¡No sé, si le gusta el futbol!  Pero siempre está  junto al sobrino  en el potrerito de Olavarría. No se pierde ningún partido.
El barrio la mira, ella lo sabe. La miran y murmuran. No le preocupa canta, ríe, parecería que nada la roza.
Lo hace para no mirar adentro, para no perderse en el  silencio de sus hermanas. Cantando cree distraer la realidad.
¡Sabe que las vecinas hablan! No agacha la cabeza, pero si recuerda al igual que las vecinas. Cuando sus padres llevaron a Betty al campo, estuvo como un año, dijeron que tenía anemia  y de paso  ayudaba a su  prima, que  esperaba un bebe.
¡Desde siempre murmuran las vecinas. No hace caso. Lo que le interesa es el muchacho. Que viva feliz, disfrute con sus amigos. Sea un hombre de bien. Que  jamás dude que las tías lo trajeron para darle lo mejor.
Violeta habla y habla.  Lo hace para no herir, para no indagar en el orgulloso silencio de la casa, o preguntarse, sin obtener respuesta:
- ¿A quién habrá salido Mariano tan alto y con esos inmensos ojos azules, siendo que Betty es tan petisa y morocha?




martes, 7 de noviembre de 2017

El espejo

Un boceto de Roque Vega
EL ESPEJO
Roque Vega

Silencio, dos vueltas de llave y la clave de la caja.
Andrés cruza el salón.
El camarero apaga las suntuosas lámparas. -¡Hasta mañana, señor! Saluda la encargada del guardarropa. Un segundo después lo hace el camarero.
Solo en el salón.
Andrés enciende un cigarrillo, llena la copa. El gran espejo  lo muestra en el centro de la imagen; detrás  el palco, mesas, sillas…
Se acerca al ventanal.
Fija la vista sobre Brown; se le antoja que la avenida  continúa más allá del puente. Desvaneciéndose entre  Lejanos sonidos que se pierden en su callejón del suburbio; EL bullicio de los pibes, esquina, barro, inundación… Los bolsillos llenos de bolitas…el tren de la Ensenada metido en nuestras calles… Baldío, pelota y terraplén…
Subido a un banco espiaba. Lo atrapaba el baile, la magia de la música y esos cosos del segundo patio milongueando hasta el amanecer. Uno, dos, tres, cuatro, repetía una y otra vez intentando imitar los pasos.
Ahora, su luna de terraplén se desvanece sobre  un horizonte sin bodegones, barcos  ni puente.
Un sorbo de champán…
A través del ventanal, lejanos ecos con sabor a tango. Aroma a jazmín. El tiopa del convento. La alegría del mate y las tortitas negras de la panadería de California; la vieja  los domingos  iba temprano….
Entre  el humo del cigarrillo extrañas esquinas confluyen  en los rincones de su historia musitando el viejo tango.
Risas, aplausos, noche a noche hacían ronda para verlo bailar.
Vacía la copa. Sonríe. 
El silencio se recuesta sobre el espejo confundiendo el esplendor del salón, con el  pobre y brumoso  club con pista de cemento! ¡Sábado a la noche, perfume  de frasco grande, timbos bien lustrados, el jetra pa´ la milonga, lengue y aquella mina que apoyó el dolor sobre el blanco pañuelo!
¡Allá, la cortada, donde ensayó quiebres y firuletes! ¡Sobre esa esquina, juró el amor que jamás cumplió!
La noche destiñe en gris los años reos en el conventillo ¡Bajo el parral ensayó los primeros cortes! ¡Cuando los lompas largos y Julia, la piba de la zapie del fondo, lo hizo sentir hombre! - ¡Vamos! Le dijo, y así aprendió el amor y los pasos que lo sacaron del convento.
Después, luces, lujos, apresurados romances, pasiones y olvidos repetidos diariamente.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

El viejo café

Un boceto de  Roque Vega

EL VIEJO CAFE
Roque Vega
Sabe que entre la realidad y los sueños anida la nostalgia.
-¡Si uno busca, las cosas están! ¡Es cuestión de ganas y constancia! Decía la abuela. -¡Andrés ponele garra y vas a ver que están! ¡Así como cuando jugás al futbol…!
Ahora la esquina del potrero se le hace sombra.
-¡Hay otros lugares, abuela! ¡Nosotros también somos otros suburbios! ¡Pero regresé! Cruza la esquina.
El fueye pincela acordes en cada rincón. La vieja fonda, Club Bohemios, la milonga, aquel beso y una esquina más ¡No es la de él! Pero busca ¡La abuela lo dijo!: - ¡Si buscás están!
¡Es que irse no sirvió, vayas donde vayas estás con vos!
Regresó. Aunque no están los anhelos de aquella época, la casa, esquina, el potrero y el farol donde lo esperó la vida… Acelera el paso Lamadrid, Olavarría, Suarez, Brandsen, Pinzón hasta Martín Rodríguez.
Alguna mortecina luz titila en la lejanía de sus tiempos, allá, al fondo de su estrecha calle que ahora se le hace infinita.
Tabernas y bodegones. Acodados al mostrador, esos hombres continúan bebiendo el oscuro y denso vino.
Quiebra el silencio el lejano ladrido de un perro.
¿Qué hora es? La sirena de algún barco le responde. Sonríe, siempre estamos a la hora exacta. Aun es tiempo. Recuerda a su abuela.
¡Está seguro, este es el lugar! Pinzón y Martín Rodríguez.
La brisa balancea la oxidada leyenda “El Viejo Café”
Apoya las manos contra el cristal, acerca el rostro intenta espiar. Sobre el estante de las botellas la destartalada radio murmura un tango.
Nombres, rostros, broncas y alegrías domingueras cruzan por su mente. Las imágenes brillan dentro del boliche. Bromas, risas - ”Pucha, Coco y Héctor siempre igual”
-¿No entrás? Pregunta José, posando su mano sobre el hombro de Andrés…
Sábado por la tarde, el partido en el baldío, allá, por Olavarría al fondo, ese rincón del rioba con aroma a río y sabor a chatas, bajo un amarillo atardecer; Cuando Cacho y Damián vuelven del taller.
Llovizna.
-¡Estamos todos! ¡Los siete me confirmaron!
¡Dejá que te abrace José! ¡Volví, aquí estoy! ¡Dale, servite un cafecito…así como lo preparás vos…! ¡Che, José, lo jodido es que los recuerdos son nuestros!
- ¡Andrés! ¡Si querés jugar al billar ponele las luces a la pantalla!
- ¡Listo Tano, no te hagas problema!
-¡Che José, te acordás como nos rajabas!
-¡Mamma mía con ustedes! ¡Es que no duermen, hay que cerrar! ¡Mañana se trabaja!
-¡Y nosotros nada, la seguíamos! : – ¡Dale un ratito más! ¡Preparate un cafecito! ¿¡Si José!? ¡El último y nos vamos!
¡Jorge sabe que nos juntamos! ¡Yo le avisé! ¿Dónde está?
-¡Es tan despistado que no se debe acordar!
-¡Qué no se va acordar! ¡Justo él que jamás falló!
-¡Habrá ido a la cancha y se está demorando! ¡Con lo cabrón que es, no vaya a ser cosa que se agarró con alguien!
-¡Vendrá, claro que vendrá, Jorge no falla!
¡Che, no empiecen todavía! ¡Voy a buscar a Tito! ¡El Seba está enganchado con la mina esa! ¡Quizás no lo deje venir! …¡Diego y Pedro ya terminan en la cantina! Ya están por llegar! … ¡Uuuy…ahí viene un 28….quizás…!
-¡José! ¿Donde están las cartas para el truco? ¡Mirá que Damián no vive sin un partidito!
Amanece.
Continúa observando tras el cristal del ahora oscuro y silencioso bar. La lluvia se desliza por su rostro. Sabe ¡Claro que sabe que entre los sueños y la realidad anida la nostalgia!

sábado, 28 de octubre de 2017

El tano

Una obra de Roque Vega
EL TANO
Roque Vega

La Boca, bosteza su sueño de barcos.
Junto al piletón, el bandoneón le chamuya a la tarde que se vuelve noche.

¡Son esas cosas que tiene abril! ¡Te hace creer que aún es verano!
Anoche, en el boliche, Cacho le dijo: - ¡Che Tano, Estela me preguntó por vos! Y sabe que Cacho no miente.
Entre mate y mate recorre el viejo patio con la esperanza que suene el teléfono.
¡Preguntó por mí! Se repite una y otra vez.
Desde la cocina, la radio adormece tangos, mientras el último sol se recuesta sobre la puerta de su pieza; silenciándose en la enredadera que trepa hasta el techo de chapas.
Llegó al convento de Palos al fondo, una tarde de verano. Saco largo, boina y el pantalón azul comprado por su vieja para el viaje. Maleta de cartón, y un bolso  cargado de sueños y penas  con sabor a distancia.
Amanda rompió el silencio: - ¡Venga Bruno, siéntase cómodo! Y lo acompañó hasta  el pequeño cuarto frente a  la cocina.
Carmelo y Tonio, en una suerte de bienvenida lo invitaron a compartir la frugal cena. Su idioma abarcaba unas pocas palabras.
Damián, el mecánico de la segunda pieza lo ayudó.  Era de un pueblo cercano  del recién llegado. Sabe  de la angustia cuando el mar nos separa de nosotros.
¡Preguntó por mí! Se repite.
El teléfono no suena
¡Está seguro! ¡Doña Clara, la encargada, le avisará enseguida!  La penumbra del convento, evoca la saltarina voz de Estela:
-“Che Tano ¿No bailas? ¡Dale es domingo” Lo mira y ríe: -¡¿Cuándo vas a aprender a chamuyar tano?! ¡Vení, se dice así! … ¡A ver repetí!
Sirenas de barcos adormecen el tango junto a la madreselva.
El teléfono no suena.
-¡Ché tano!  ¡Cómo te llamás! : - Bruno, il mio nome e Bruno .  El recuerdo de Estela juega escondidas entre las sombras del patio.
-¡Tano acercate a comer!¡El morfi está servido… ¿De que pranzo me hablás?!...  ¡Se dice, durazno,  repetí! … ¡Tano ¿Bailamos?!  
¡Le creyó, claro que le creyó a Estela!  ¡Enero fue testigo de ese amor! ¡Enero y  este patio, donde ahora el otoño arremolina hojas!
¡Cómo no iba a creer! Si Estela acortó distancias, curó ausencias, sanó heridas.
-¡Vamos tano, venite, en el boliche hay baile!... ¡Milonga! Haber repetí…!¡Milonga!
Suarez al fondo.  Risas,  humo  y la mala orquesta en el abismo de un barato boliche donde el engaño vive entre  carcajadas.
-¡Cerrá los ojos tano! ¡No los abras eh!  Entonces el beso: - ¡Te besé tano!¡Te besé! Abrazándolo ríe.
Bruno la lleva tomados por la mano. Cae el vestido con lunares, en la pequeñez de su cuarto ¡Todo su universo! Luego, silencio.
¡Claro que le creyó!
Cada rincón guarda momentos, palabras, imágenes del verano.  Revive enero con los ojos abiertos. Muchas veces tembló entre sus brazos y otras tantas le pidió que se fueran lejos. Lleno de amor gritó su nombre hasta poner celosa a la luna, en un patio embriagado de jazmines. 
¡Claro que le creyó!
Las lágrimas que no quieren caer, intentan alejar un amor que fue burla.
Amanda se lo dijo: - ¡Tano, el tipo ese es pesado,  no es trigo limpio! ¡Venía  seguido. Llegaba apenas pasado el mediodía. Se metía en la zapie y chamuyaba con Estela! ¡Dicen que buscaba minas!
En ocre envejecido, el frio otoño danza entre recuerdos.
-¡Che tano ¿Querés pochoclo? ¡Bueno no importa, no importa que no entiendas, comé son ricos! ¿Tano, querés bailar? ¡Dale es domingo!
El viento al igual que aquella vez. Cruza Pedro de Mendoza, Necochea rumbo al boliche. No es lo mismo. Solo va en busca de sus sombras.
Entre copa y copa cree que mañana…otro sueño… y  que tal vez… Pero ahora está lleno de silencios  y prefiere la nostalgia al olvido. Porque anoche Cacho le dijo: -¡Che Tano, Estela me preguntó por vos!